“La niña bailaba”

 

La niña bailaba vestida de azules,

sonaban los valses de sus quince años,

volaba en el aire su falda de tules,

como nubes locas en cielos extraños.

La madre lloraba llena de congoja

y el padre sentía perder a su musa,

pues se adivinaba en su boca roja

cumplir su destino de muñeca rusa.

El aire era suave porque tenía quince,

y tardes muy largas, pies de bailarina,

y un diente torcido, mirada de lince,

tres buenas amigas, y nariz muy fina.

Tiene un novio oculto, al que quiere poco,

y otro que no tiene y que mucho adora,

sus labios que saben a dulce de coco

sólo los conoce una amiga, Aurora.

Sueña cada noche que un caballo monta,

porque era muy chica, muy linda y muy loca,

porque era muy bella, muy bella y muy tonta,

suave como el agua que hiere la roca,

dura como el pico del ave que vuela,

y aunque era muy chica, tonta, loca y bella,

también era sabia, como si una abuela

latiera muy dentro, muy dentro de ella.

Por eso conoce que todas las niñas

tienen una bruja metida en los ojos,

que los hombres pueden arreglarse en riñas,

que al fin ellas saben poner los cerrojos.

Pero nadie sabe que alberga en su seno,

oscuro y profundo, como un gran abismo,

un gris pensamiento, un negro veneno:

que cambie la vida, que no sea lo mismo,

que sea de otro modo y con otro acento,

que pasen los otros, como pasa el río,

que no quede nadie, se los lleve el viento,

que quede ella sola y todo vacío,

y sólo ella sola, sola y altanera,

sola como gota que en la flor reposa,

fuerte, dura, dulce, como una pantera

que entre sus colmillos llevara una rosa.

Y aquel que pudiera robarle este sueño,

y que la quisiera viéndola por dentro,

y entendiera entonces su mirar risueño,

cayera con ella hasta el mismo centro,

donde, desde siempre, como ella era,

de ideas muy hurañas, de amores de juego,

que se abandonara completo a la fiera,

que se consumiera quemado en su fuego.

El compás decrece, el vals se serena,

las notas más lentas anuncian el fin,

el sueño se borra como quien soplara un puño de arena,

la gente le aplaude y, entonces, la nena

agradece y ríe, igual que un delfín.

 

Salvador Ortiz, junio de 2014.

 

Verdadera
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